Cuando volvimos de nuestros 18 días por Japón y nuestros familiares y amigos nos preguntaban qué nos había parecido el viaje, nos resultaba prácticamente imposible resumirlo brevemente.
Una cultura completamente distinta, una gastronomía que nos maravilló, una gente respetuosa, cercana y amable y unos paisajes únicos. Templos, castillos, megalópolis ... todo era un espectáculo y una sorpresa.
Es por ello que hemos querido hacer una lista con los diez planes que más nos gustaron de todo el viaje. Planes imprescindibles que, si tienes la suerte de ir a Japón, no puedes perderte.
Vista del Monte Fuji desde la calle Honcho
El monte Fuji es, probablemente, uno de los símbolos más icónicos de todo Japón. Y cuando lo vimos, entendimos por qué.
La probabilidad de verlo en todo su esplendor es bastante baja. En general la zona está bastante nublada y apenas se puede ver.
Pero nosotros tuvimos suerte.
Nada más llegar a Fujiyoshida nos encontramos con un día limpio y sin nubes, completamente despejado, que nos permitió disfrutar del volcán y admirar la enorme extensión de terreno que ocupa.
El pico estaba completamente nevado, lo que le daba aún más encanto.
El poder pasear por Fujiyoshida y encontrarte que, en cualquier esquina o calle tenías de fondo el monte Fuji, o que cuando cogieras la bici o el tren disfrutaras de increíbles panorámicas, fue una de las sensaciones más plenas de todo el viaje.
El templo Fushimi Inari es uno de lo más conocidos de todo el país.
Reconocido por sus más de 10000 toris a lo largo de un camino de casi dos horas, que sube hasta la cima del monte Inari y baja.
Aunque al principio cogimos la visita sin expectativas, decidimos madrugar bastante para evitar las aglomeraciones de turistas y poder disfrutar del paseo tranquilamente por el templo.
Y gracias a eso acabó siendo uno de nuestros planes favoritos del viaje.
A pesar de que las dos horas de caminata se acaban haciendo duras, el poder sentir la hilera interminable de toris y poder encontrar postales increíbles en cada recodo, no tiene comparación.
Además, el paraje natural es incomparable. había veces que estábamos completamente solos, rodeados de frondosos árboles y con toris que llevan en pie cientos de años. Historia viva del templo. Una sensación incomparable.
Túnel de toris en el templo Fushimi Inari de Kioto
Ciervos caminando libres por el parque de Nara
Si crees que dar de comer a los ciervos de Nara es uno de los planes más turísticos que puedes hacer, tienes toda la razón.
Pero eso no es motivo suficiente para no hacer el que fue sin lugar a dudas, mi segundo plan favorito de todo el viaje.
Nada más salir del tren compramos las galletas que comen los ciervos y nos dirigimos al parque, donde nos sorprendió ver que todos los animales caminaban tranquilamente y sin ningún cerco que delimitase donde pasear. De hecho llegamos a ver ciervos paseando por la carretera incluso y los coches se paraban para dejarles el paso. Son los verdaderos reyes de la zona.
Aunque lo mejor, sin duda, fue poder avanzar un poco en el parque, quitarnos el grueso de gente, y poder estar prácticamente a solas con manadas de ciervos enteras que se acercaban buscando comida. Si no les haces caso, puede que te muerdan o te den una cornada suave, como me ocurrió.
Incluido dentro de los templos os los encontraréis.
Visitar Nara y sus ciervos fue sin duda uno de los planes más divertidos y diferentes de todo el viaje. 100% recomendable para familias, aunque si te dan miedo, es probable que haya momentos en que te agobies.
Japón es sinónimo de comer bien y mucho. Una gastronomía bastante diferente a la mediterránea, que juega mucho con texturas y sabores diferentes y productos de temporada.
Desde que pusimos un pie en el país, no dejamos de probar ramen, udón, gyozas, izakayas, okonomiyakis, curry japonés, atún, sashimi, arroz ... Un sinfín de comidas, algunas más conocidas y otras gratas sorpresas que no podéis perderos.
Si queréis una lista detallada de qué y dónde comer en Japón, no dudes en consultar nuestro artículo: ¿Qué comimos en Japón?
Ramen
Tonkatsu
Callejeando por Tokyo
La capital de Japón es una de las ciudades más pobladas de todo el mundo.
Cuando aterrizamos, la primera sensación que tuvimos fue abrumadora. Mucha gente, muchas luces, muchas calles. Desde ela vión se veían como una superficie infinita de casas y edificios.
Pero una vez que empiezas a recorrerla se siente distinto.
En cada esquina encuentras un pequeño templo, un parque, un puestecillo o un restaurante que no te deja indiferente.
Al cruzar una gran avenida llegas de repente al palacio imperial y unos pocos metros después paseas entre rascacielos.
Barrios de lujo como Ginza, mercados tradicionales como el de Tsukiji, templos o iconos como la Tokyo Tower te esperan en cada esquina o cada calle.
A pesar de que caminamos muchísimo todos los días que estuvimos en Tokyo, poder patear la ciudad y descubrir, no sólo los imprescindibles, sino las pequeñas perlas escondidas entre las calles más locales, fue algo que tenemos guardado en la mente y en el corazón.
Nos parecía que uno de los imprescindibles del viaje era, sin duda, conocer los Alpes japoneses.
Y no se nos ocurrió mejor manera que con una ruta de senderismo por Kamikochi, una reserva natural espectacular con una vegetación autóctona y multitud de animales, entre los que destacar monos y algún oso.
Tuvimos la suerte de poder visitar la zona en otoño y el color rojizo y anaranjado de mucho árboles le daba un aspecto mágico a todo el entorno. Las montañas de fondo y el aguar turquesa del río hacían el resto, convirtiendo un día de senderismo en una de las actividades que más nos gustaron de todo el viaje.
la zona estaba bastante bien preparada, con muchos caminos que, paralelos al río, te permiten conocer estanques y bosques y tomar algunas de las postales más espectaculares de todo el viaje.
Vista del monte Hotaka, en Kamikochi
Estanque en Kamikochi
Monos en el parque de Jigokudani
En la prefectura de Nagano se encuentra el parque de monos de Jigokudani. Una reserva natural donde macacos japoneses viven en completa libertad, campando a sus anchas.
Lo que lo hace especial es que es el único lugar de todo el mundo donde podrás ver a los monos salvajes bajar de las zonas más altas de la montaña para bañarse en aguas termales.
Además, verás a los jóvenes jugar y pelearse entre ellos, a las madres cuidar de las crías o a la comunidad en general despiojarse o dormir acurrucados.
Un verdadero espectáculo poder estar tan cerca de una naturaleza tan salvaje y poder ver algo único en el mundo.
Eso sí, hay que ir con cuidado y no molestar ni dar de comer o tocar a los macacos para que no se irriten y se pongan violentos con las personas.
El ryokan es la casa tradicional japonesa con suelos de tatami, puertas correderas y sus camas que no son camas sino futones.
Pudimos dormir varias noches en Takayama en un ryokan que se encontraba en un perfecto estado de conservación, de dos plantas y decorado con tapices de samuráis.
La experiencia de dormir en una casa de este estilo es difícil de describir con palabras. Es una manera más de adentrarte en la cultura japonesa y entender cómo vivían. Apreciar las diferencias culturales entre nosotros y ellos y vivir algo distinto.
Lo único malo del ryokan es que son casas bastante frías. Si tienes intención de ir en invierno, es mejor que lleves ropa de abrigo.
Ryokan, la casa tradicional japonesa
A pesar de que las grandes ciudades como Kioto y Osaka y, especialmente Tokyo, nos encantaron, echamos en falta en gran parte del viaje descubrir alguna joya oculta. Algún pueblo o zona, más rural, sin tanto turista, donde poder conocer de primera mano las costumbres y la vida actual de los japoneses.
Y tuvimos esa suerte los días que hicimos el Kumano Kodo.
En Nachikatsuura pudimos degustar un magnífico atún y ver la vida de los japoneses, centrados sobre todo en la pesca.
En Shingu pudimos darnos un baño en el Oceáno Pacífico y comer en uno de los mejores restaurantes de syokudo de todo el viaje. La gente era muy amable y nos preguntaba qué hacímos allí. E incluso nos invitaron a probar un postre.
En Hongu, zona más de mochileros, pudimos quedarnos en una casa de una japonesa, que nos contó de primera mano cómo veía el país.
Conocer el Japón rural fue una de las experiencias más enriquecedoras y satisfactorias de todo el viaje.
Callejeando por Shingu
Playa de guijarros en el Océano Pacífico
Vista del castillo de Matsumoto desde su foso
El castillo de Matsumoto, también conocido como castillo negro, nos pareció una de las joyas más increíbles de todo el viaje.
Teníamos curiosidad por conocer alguno de los castillos del periodo Edo. Uno de los más famosos es el de Osaka, que aunque nos gustó, creemos que no puede competir con este.
Mucho más imponente y solemne con las paredes completamente pintadas de negro y rodeado por un foso que refleja toda su silueta, es un ejemplo de castillo medieval japonés y prueba viva de su historia y cultura.
También se puede entrar dentro, una experiencia distinta a pesar de se enceuntra completamente vacío y sólo hay unos pocos paneles informativos.
Si tienes la oportunidad, no dudes en darle una oportunidad.