Japón es uno de los viajes que más nos ha gustado. Su inmensa variedad de paisajes, ciudades, su cultura, tradiciones y gastronomía hacían de cada momento una experiencia inolvidables.
Si quieres viajar a Japón, te recomendamos que estés, al menos, dos semanas, para poder conocer los imprescindibles. Además, evita viajar en los meses de Junio a Septiembre, cuando el calor y la humedad son altos y puedes estar más incómodo.
Os dejamos nuestro planning de nuestros 18 días por Japón. Espero que os guste y os inspire.
Callejón de Tosansho-dori en Tokyo
Después de casa un día entero viajando, llegamos al fin a Tokyo, al aeropuerto de Haneda.
Después de pasar el control de aduanas y que nos sellasen el pasaporte, nos encontramos con unas cintas perfectamente organizadas y en funcionamiento.
Nada más salir, nos atendió una chica que nos indicó qué transporte coger y cómo gestionar la tarjeta necesario, en este caso la Pasmo, para poder usar el transporte público.
Sacamos algo de dinero en efectivo, esencial en prácticamente cualquier lugar en Japón y nos pusimos en marcha hacia nuestro hotel, al norte de Shinjuku, en una zona local y tranquila.
Nada más salir del metro, la sensación es abrumadora: luces de neón, muchísima gente yendo de un lado para otro, y los coches, las tiendas y los restaurantes están compactados alcanzando una eficiencia inmejorable.
Después de dejar las cosas en el alojamiento, nos dirigimos a Shinjuku, una de las zonas con más actividad nocturna de toda la ciudad.
Nuestra primera parada fue Omoide Yokocho, el callejón de los recuerdos. Un conjunto de pequeños callejos adornados con luces cálidas y concurridos por pequeños bares en los que poder tomar ramen, tempura y alguna cerveza. Encontramos tanto desde locales que cenaban después de salir del trabajo, como muchos turistas que visitaban la zona.
Si visitas Shinjuku de noche, no puedes perderte tampoco el Golden Gai, una zona de la ciudad donde encontrar bares prácticamente en miniatura (apenas caben 4-5 personas) y donde poder tomar una cerveza o copa para seguir con la noche.
Dimos un paseo para conocer la zona, que, aunque tenía mucho encanto, estaba demasiado concurrida de turistas pero con apenas japoneses en la zona.
Cansados después de todo el viaje, volvimos al hotel.
Tokyo fue nuestra ciudad favorita de todo Japón. Pero para poder conocer todos los secretos que esconde, os recomendamos que os pateéis la ciudad y conozcáis tanto las grandes avenidas como pequeños laberintos de callejones.
Nuestro segundo día de viaje comenzó bien pronto para aprovechar al máximo.
Después de un breve desayuno en el seven eleven, nos dirigimos a la primera parada del día: Los jardines del palacio imperial. Pero antes de entrar en ellos, decidimos entrar en el santuario sintoísta de Yasukuni, uno de los más importantes del país pero muy desconocido para los turistas. Un templo largo, custodiado por un inmenso tori negro, donde la solemnidad y la seriedad se respira en cada paso que das. Muy recomendable si estás por la zona.
Tori a la entrada del santuario Yasukuni
Nada más salir del templo, nos dirigimos al parque nacional Kitanomaru, conocido por su estanque en el que puedes ver a gente remando en una barca. Un extenso jardín muy bien cuidado. Un remanso de paz en el interior de la ciudad. Y aunque nos gustó mucho este parque, nos gustó mucho más entrar a los jardines del Palacio Imperial por la puerta norte. nada más llegar te encuentras con las ruinas del castillo edo y una inmensa extensión de césped completamente verde y recién cortado. A los laterales de la pradera podrás seguir pequeños senderos entre los árboles que nos llevaron por puntos tan icónicos como la casa de defensa o el búnquer de piedra.
Aunque sin duda lo que más nos gustó fue poder seguir seguir algunos de los caminos diversos que hay por todo el parque y poder disfrutar de pequeños tesoros, como el huerto frutal, la casa Obanso y, la joya de la corona, el jardín Ninomaru. Una perla de estanque lleno de Kois de colores y rematado por una pequeña cascada. La vegetación que lo rodea está cuidada hasta el más mínimo detalle. Sin duda lo que más nos gustó de los jardines.
Casa Obanso
Jardín Ninomaru
Nada más salir de esta parte de los jardines imperiales, por la puerta Ote-mon, llegamos al Kokyo Gaien national Garden, una extensa explanada totalmente verde y con pequeños pinos, desde donde poder ver el castillo imperial y los jardines.
Pero lo más famoso del lugar es la postal que podemos tomar de la puerta Sakashita, con las terrazas del palacio imperial de fondo. Una de las vistas más famosas de toda la ciudad.
Después de disfrutar de esta zona, queríamos ir al norte de la ciudad. Pero antes decidimos que había que hacer un receso para recargar fuerzas. Ahí fue cuando vivimos uno de los mayores contrastes de todo el viaje. Desde la naturaleza cuidada hasta lo más mínimo entramos en el núcleo urbano: rascacielos y anchas calles. Tiendas y oficinas. Una sensación de irrealidad que nos encantó.
Un pequeño descanso para un segundo desayuno y cogimos el metro para subir hasta el templo Senso-Ji, uno de los más famosos y visitados de toda la ciudad y mundialmente conocido por el enorme Chochin rojo de la entrada.
Aunque antes de entrar en el templo, decidimos subir al mirador gratuito de la oficina de turismo. Una quinta planta de acceso totalmente gratuito que te da una panorámica excepcional del templo y sus alrededores. Hemos de admitir que no tuvimos mucha suerte. El día estaba bastante nublado y no vimos mucho.
Vista del palacio imperial con el puente Nijubashi
Puerta del templo Senso-ji
El templo Senso-ji fue uno de los que menos nos gustó de todo el viaje. A pesar de ser uno de los más conocidos de la capital japonesa, se encontraba masificado. Ese día llovía y los paraguas apenas nos dejaban ver nada. La calle de acceso que une el templo con la puerta Kaminari-mon tiene su encanto, llena de pequeñas tiendas con souvenires y algún artículo de artesanía.
La puerta Hozomon, a pesar de ser imponente por su tamaño y su decoración, se encontraba masificada de gente y era imposible tomar una foto. Por suerte, el interior del templo mantiene su solemnidad y puedes disfrutar de un ambiente mucho más espiritual y cuidado.
Aprovechamos para dar un pequeño paseo en los alrededores del templo, lo que sí que nos gustó mucho porque nos permitió conocer algunas pequeñas maravillas ocultas, como el santuario sintoísta de Asakusa, con su pequeño tori a la entrada, o la gran pagoda que encontramos en el centro del jardín del templo Dembo-in.
También os recomendamos pasear en las callejuelas que rodean el templo Senso-ji. Abarrotadas de pequeñas casas y restaurantes donde poder parar a tomar algo y con mucho encanto.
Nuestra siguiente parada fue Sumida Park. Habíamos leído que tenía unas maravillosas vistas de la ciudad, aunque lo único que veíamos, cuando las nubes lo permitían, era la Tokyo Skytree, la torre de telecomunicaciones y mirador, icono de la ciudad. Como el tiempo no acompañaba, decidimos coger el bus y dirigirnos al norte, a la zona de Yanaka.
La calle de Ginza Yanaka
Pasillo de toris del Santuario Nezu
La primera parada fue un pequeño templo budista llamado Hongyoji, pequeño y austero. Estábamos completamente solos y podíamos casi tocar la espiritualidad de la zona.
Nuestro objetivo era llegar a Ginza Yanaka, una calle concurrida de pequeñas tiendas de artesanía, restaurantes y cafeterías. Un lugar especial donde encontrarás tanto a turistas como locales disfrutar de la tranquilidad de la zona. A nosotros nos llamó la atención especialmente una pequeña tienda de cerámica donde vimos algunos de los mejores sets de té de todo el viaje.
El resto de la tarde la pasamos caminando entre las callejuelas de toda la zona de Yanaka y norte del parque Ueno. Llenas de pequeñas casas tradicionales, tiene un encanto especial ir descubriendo los locales de la zona y caminar, prácticamente solos, por un área auténticamente japonesa.
Nuestros pasos nos llevaron hasta el Santuario Nezu, probablemente una de las grandes sorpresa de todo el viaje.
Apenas lo habíamos visto mencionados en otros blogs y vídeos, pero llegamos allí casi de casualidad. Y no nos defraudó. Estaba atardeciendo y eso le daba un aire casi místico. Nada más cruzar el tori de la entrada, grande y solemne nos encontramos con un camino de toris anaranjados que atravesaba prácticamente todo el recinto. Estábamos prácticamente solos y pudimos recorrerlo varias veces y disfrutar de la espiritualidad del lugar. El templo en sí nos encantó. Compramos un Omikuji que predijo que tendríamos suerte y nos iría bien y disfrutamos paseando por el patio interior. Una verdadera joya escondida.
Carteles en la zona de Akihabara
Recreativos en el mercado de Ameyoko
Como ya había caído la noche y queríamos ver los neones y carteles en la zona de Akihabara, decidimos dar un paseo en esa dirección. Elegimos pasar de noche por el parque Ueno y disfrutar de las luces cálidas a la entrada del Santuario Ueno Toshogu y, sobre todo, recorrer la calle principal del parque, que de noche encienden con farolillos decorados con pinturas típicamente japonesas y hacen que el paseo por allí sea una experiencia encantadora y una manera distinta de conocer su cultura.
Nada más salir de Ueno entramos en el mercado de Ameyoko, conocido por sus puestos de comida y tiendas de ropa y complementos a precios mucho más bajos que los que encontrarías en Europa. Nos encantó pasear y ver las luces vibrantes y los puestecillos. Para complementar la experiencia, entramos en uno de los salones recreativos, concurridos de locales que jugaban para conseguir peluches o apostaban en carreras virtuales de caballos.
Para coger fuerzas mientras seguíamos con el paseo, compramos unos takoyakis, las famosas bolas rellenas de pulpo. Un manjar que disfrutamos mientras conocíamos Okachimachi. Esta continuación de la calle de Ameyoko no está tan concurrida ni tiene tanta vida.
Con muchas ganas de cenar nos dirigimos a gyukatsu ichisan, un local de tonkatsu totalmente recomendable cerca de Akihabara, donde tu te haces la carne a tu gusto, tanto como quieras, y la acompañas de arroz, sopa de miso y algunos pequeños platos de la zona. Un verdadero manjar en un local que tenéis que probar.
Nuestra última parada del día fue Akihabara, pero tuvimos una gran decepción al ver que la mayoría de tiendas de manga y figuras habían cerrado y sólo quedaban abiertos los maid cafes y algunas tiendas tecnológicas, en las que entramos con el objetivo de ver precios y descubrir gadgets originales que no hubiésemos visto antes.
Pasillo de toris del santuario Gojo Ten-jinja
A pesar del cansancio acumulado tras un día tan intenso recorriendo la capital nipona, nos despertamos bien pronto y con muchas ganas de conocer nuevos rincones de la ciudad.
Después del desayuno de rigor en el seven eleven, volvimos al norte de la ciudad, a la zona de Yanaka, para conocer el templo de Tennoji, conocido por su gran Buda de la entrada. Completamente solos y con un fina lluvia que caía constante, la tranquilidad y espiritualidad del lugar nos encantó.
Bajamos caminando por el parque del cementario de Yanaka, un conjunto de calles muy bien cuidadas que atraviesan un enorme cementerio, uniendo la zona de Yanaza con el Parque Ueno. Un camino solemne que se disfruta por la decoración y multitud de detalles que hay en la mayoría de lápidas y nichos.
Nada mas salir nos encontramos con pequeños callejones con antiguos ryokanes y algunas casas más modernas pero que preservaban el tamaño y la estética de las casas tradicionales japonesas.
Hicimos parada en una pequeña pastelería local donde compramos algunos dulces de arroz frito, típicos del barrio. Un manjar.
Nuestros pasos nos llevaron, otra vez, al parque Ueno. Nos habíamos quedado con ganas de verlo a plena luz del día, aunque la verdad es que nos defraudó bastante. Visitamos el templo de Kiyomizu Kannon-do y el santuario Gojo Ten-jinja, pequeños santuarios con encanto pero sin nada de espacial. El paseo sin las luces de la noche perdía su esplendor y el estanque Shinobazu, que probablemente es precioso cuando la flor de loto florece, estaba bastante descuidado. Sin duda nos quedamos con la vista de noche del parque.
Del día anterior también nos habíamos quedado con ganas de conocer Akihabara de día, para poder entrar en algunas tiendas y ver figuras, manga, cartas ... Nos dirigimos caminando tranquilamente para entrar en radio Kayku, uno de los locales más grandes, en cuyo interior descubrimos multitud de tiendas que vendían de todo. El paraíso de la gente más "friki" y una manera diferente de entrar en contacto con una parte esencial de la cultura japonesa.
Cuando nos habíamos saturado, nos dirigimos a Aki-Oka Artisan, un mercadillo de artesanía local bajo las vías del tren. Con pequeños puestos de cerámica o ropa, es un verdadero remanso de paz entre el bullicio de las calles de Akihabara.
Antes de despedirnos de la zona más excéntrica de la ciudad, entramos en Mandarake, una de las tiendas más conocidas de manga y cartas, un lugar de lo más pintoresco.
Estanterías de figuras en radio Kayku
Estanterías con manga en Mandarake
Para huir del bullicio cogimos el metro hasta el parque de Shiba, un pequeño jardín bien cuidado, justo al lado del templo Zozoji y con unas espectaculares vistas de la torre de Tokyo.
Nos tumbamos en el prado y pudimos disfrutar de una de las mejores postales de toda la ciudad: la torre de Tokyo cortando las nubes en un entorno de paz y calma.
Después de descansar entramos en el templo Zozoji, una verdadera maravilla de la ciudad. Tuvimos la suerte de verlo prácticamente sin turistas, paseando y descubriendo tranquilamente todos los rincones que oculta: las estatuas del protector de los niños, la gran campana, el cementerio de la familia Tokugawa ... aunque lo que más nos gustó fue la imagen de la torre más icónica de la ciudad detrás del templo principal. Es algo que nunca olvidaremos.
Como queríamos conocer de primera mano la torre de Tokyo, anduvimos desde el templo hasta el parque que hay en su base: Maple Valley, con su icónica cascada Momiji. Aunque algunos árboles comentaban a tornarse rojo otoñal, es un jardín muy pequeño que en un breve paseo terminas de visitar. Eso sí, nada más llegar a la plataforma donde se encuentra el gigante rojo de metal, te sientes sobrecogido por lo enorme de esta construcción tan icónica. Nos sentamos un rato en un banco para disfrutar de las vistas.
Cuando el hambre apretó, nos dirigimos al seven eleven para hacer la parda de rigor y tomar algún sándwich de huevo o de tonkatsu. De camino a la zona de Roppongi hicimos parada para tomar un café y reponer fuerzas.
Torre de Tokyo desde el parque de Shiba
Templo Zozoji
Habíamos leído mucho sobre la zona de Roppongi hills, así que íbamos con muchas expectativas. La verdad es que la zona nos gustó, pero a su vez no la consideramos un imprescindible si viajas a Tokyo. A los pies de la gran torre Mori encontrarás estatuas interesantes que simulan animales como arañas, y a los pies de esta plataforma se encuentra el precioso jardín Mori, un pequeño parque con un encantador estanque en su centro. Sin embargo, no tiene nada de especial que no puedas encontrar en otras zonas de la ciudad.
Eso sí, pasear entre sus calles tiene cierto encanto. Una zona moderna y cuidada, nada concurrida de turistas, donde puedes ver de primera mano el día a día de los japoneses.
Ya había caído la noche cuando nos dirigimos a la zona de Shiodome, quizás la zona que más nos gustó de todo el día. Enormes rascacielos que llegaban hasta las nubes más bajas. Tiendas de alto standing y raíles del metro que pasaban entre los edificios. Una experiencia sensorial que no esperábamos y nos encantó.
Visitamos el reloj de estudio Ghibli, un monumento que visitamos sin expectativas pero que nos gustó por su originalidad y contraste con la zona. Paseamos a los pies de los rascacielos, sintiendo el poderío económico de toda esa zona, hasta llegar al centro comercial de Caretta Shiodome. Aquí subimos hasta la planta más alta, número 47, donde de forma gratuita pudimos disfrutar de uno de los mejores miradores de toda la ciudad. Sin embargo, había tantas nubes que apenas pudimos distinguir algunos edificios alrededor. Lo que sí que nos encantó fue el ascensor, completamente acristalado, desde donde sentir que volabas mientras veías como la ciudad se hacía pequeña a tus pies.
Reloj de estudio Ghibli
Edifio de Sony en Ginza
Aunque el cansancio empezaba a hacer mella, no podíamos irnos sin conocer la zona de Ginza, una de las más ricas de la ciudad y donde se encuentran las mayores y más caras tiendas de todo el mundo. Pasear por esta zona fue algo sobrecogedor que disfrutamos mucho más de lo que pensábamos. Por una parte, los escaparates de lujo y las fachadas de una arquitectura elaborada son de lo más llamativos. Por otra parte, hay colores, formas y detalles que llamaban nuestra atención a cada paso que dábamos. Entramos en uniqlo, en una tienda de papelería y en el centro comercial de GinzaNovo. Pudimos vivir la experiencia de Ginza en primera persona.
Pero no podíamos terminar el día sin visitar uno de los lugares más famosos y concurridos de la ciudad: el cruce de Shibuya. Conocido por ser el cruce más concurrido de todo el mundo, es una verdadera maravilla que colapsó nuestros sentidos con todas las luces y sonidos que había por todos lados. Atravesar las distintas esquinas, todo lleno de gente, tanto turistas que querían hacerse una foto como locales que volvían de trabajar, es una experiencia cuanto menos graciosa.
Para cenar visitamos uno de los locales de ramen con más valoración de la zona: Oreyu Shio ramen. Muy recomendable. La mejor forma de terminar un intenso día.
Puente Shinkyo
A pesar de que nos dejábamos algunas cosas sin ver, como íbamos a volver a Tokyo en nuestros últimos días de viaje, decidimos invertir nuestro cuarto día de viaje en conocer Nikko.
Este conjunto de templos y santuarios, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es una verdadera joya y la mejor excusión de un día que puedes hacer desde Tokyo.
Para disfrutarlo de la mejor manera posible, madrugamos bastante y con las mochilas a la espalda cogimos el tren que nos llevaba hasta la ciudad. No estaba muy bien señalizado y tuvimos que preguntar varias veces hasta encontrar la vía. Por eso recomendamos que lleguéis con tiempo a los sitios y que ante la duda siempre preguntéis.
El trayecto, de apenas dos horas, es bastante tranquilo y pudimos aprovechar para desayunar y descansar.
Una vez en Nikko, guardamos las mochilas en los lockers y comenzamos la aventura.
A pesar de que mucha gente coge el bus que hace paradas en los principales puntos turísticos, a nuestro parecer merece mucho más la pena hacer el camino andando. Nos paramos a comprar unos mochis de fresa, bastante anunciados por la zona, y también tuvimos oportunidad de disfrutar las increíbles vistas de la naturaleza y del paisaje que rodean la ciudad.
El primer punto de interés es el puente Shinkyo. Para atravesarlo hay que pagar, aunque decidimos sólo verlo desde fuera, donde el contraste de la construcción roja con los árboles otoñales de fondo es mucho más impresionante.
Desde allí subimos caminando entre senderos escondidos entre árboles, hasta llegar al primer templo: Nikkkozan Rin'noji. Un gran templo budista conocido por las impresionantes estatuas doradas de su interior y por el pequeño jardín privado que tiene. La primera impresión que nos llevamos fue realmente impresionante. Además, la pagoda que se encuentra en su lateral o el pequeño recinto que hay justo detrás, con monjes orando, son verdaderas reliquias. Aunque sin duda, lo mejor fue la joya escondida de su pequeño jardín Ike, lleno de Kois de vivos colores y con una muy cuidada vegetación que hacía las delicias de todos los que la observábamos.
Aunque lo natural sería seguir hasta el santuario Toshogu, preferimos seguir caminando entre los árboles y visitar el santuario Futarasan. Un templo sintoísta completamente rojo, con un tori bastante grande en su entrada y con pequeños edificios y jardines en el interior del recinto. Nos gustó entrar y poder observar árboles sagrados, estanques y zonas de recogimiento y oración, todo lleno de muchísimo simbolismo.
Santuarios y templos en Nikko
Justo al lado del santuario Futurasan se encuentra el que fue nuestro favorito: el mausoleo de Iemitsu. Un conjunto de edificios en honor a Iemitsu Tokagawa, nieto de gran shogun. Fue el conjunto que más nos gustó por sus sencillos detalles, que vas encontrando en todas partes mientras subes las escaleras, así como por el recogimiento y tranquilidad del lugar, mucho menos concurrido.
Cuando subimos a la parte más alta, pudimos ver el mausoleo y atravesar la puerta Karamon para disfrutar de un interior tranquilo y cuidado, lleno de símbolos y detalles y donde se podía tocar la espiritualidad e importancia del lugar.
Como curiosidad, estos mausoleos están llenos de lámparas de piedra llamadas Toro, regalos de familias importantes como respeto al difunto. Cuanto más importante era la persona o familia que la regalaba, más cerca se ponía del panteón.
De vuelta al mausoleo de Ieyasu Tokawaga atravesamos el camino Kamishinmichi, conocido por los farolillos que lo custodian. tras atravesar la puerta Omotemon y subir las escaleras, nos encontramos con un camino que nos lleva hasta el mausoleo, pasando por edificios emblemáticos. En Shinkyusha pudimos ver las tallas de monos en la fachada, un verdadero icono. En Sanjiko pudimos ver dibujos de elefantes, o mejor dicho, de cómo creían ellos que serían los elefantes.
Daba igual hacia dónde mirásemos, siempre había algo espectacular, algún detalle sobrecogedor que ver.
Con las luces del atardecer subimos la empinada escalinata hasta el nicho donde se encuentra descansando el cuerpo de Ieyasu Tokugawa, un centro de culto para los japoneses debido a la tremenda importancia que tuvo este shogun en su historia.
Jardín Ike
Mausoleo de Ieyasu Tokugawa
El masuoleo, aunque austero, nos pareció una verdadera obra de arte, con los detalles justos pero seleccionados con buen gusto y acierto.
La bajada de los 200 escalones nos encantó. Una verdadera maravilla poder ver cómo las últimas luces del día alumbraban los tejados dorados, dejando una postal inolvidable del lugar.
De vuelta a la estación de tren compramos unos dumplings con salsa de miso, bastante típico en todo japón, aunque no nos gustaron nada.
Y una vez en la estación, comenzó la verdadera aventura para volver a Tokyo. En klook y navitime nos recomendabas coger un tren que no existía. Los trenes que nos llevaban a la capital nipona ya estaban todos reservados y la única opción que tuvimos fue la de coger un bus de línea que nos dejó en Utsunomiya. Pero no hay mal que por bien no venga. Después de casi dos horas de bus, llegamos a esta ciudad al norte de Tokyo, donde pudimos hacer una parada en gyokazan y comer varios platos de gyozas de lo más variado. Un verdadero manjar.
Después de descansar, cogimos un shinkasen hasta Tokyo y desde allí otro a Nagano, icónica ciudad a los pies de los Alpes japoneses y que sería nuestra siguiente parada.
Monos sobre los tejados
Nagano es mundialmente famosa por haber sido sede de los JJOO de invierno en 1998. Sin embargo y a pesar de no ser de las ciudades más conocidas y visitadas de Japón, para nosotros era un verdadero imprescindible porque albergaba varios atractivos, como el parque de monos de Jigokudani o el exuberante templo Zenko-Ji.
En nuestro día en Nagano madrugamos bastante para desayunar y coger el bus express que nos dejaba en el parque de monos de Jigokudani.
Se trata de una reserva natural, a unos 40 minutos andando hacia el interior de la montaña, donde poder observar a los macacos japoneses, que viven en total libertad y bajan desde las zonas altas de las montañas para bañarse en las aguas termales, los onsen.
El paseo para llegar hasta el parque es bastante agradable, con un camino rodeado de vegetación y una tranquilidad absoluta.
En gran parte vamos bordeando un pequeño riachuelo que nos lleva hasta el onsen.
Empezamos a ver los primeros macacos subidos en algunos tejados y en algunos árboles, o simplemente caminando por el camino, completamente ajenos a la gente que pasaba por allí.
Es muy importante ser respetuoso y no tocarlos o darles de comer para que no se pongan agresivos.
Una vez llegamos al Onsen, nuestra sorpresa es enorme. Está todo lleno de monos. Creíamos que sería complicado verlos, pero nada más lejos de la realidad, es una comunidad enorme de unos 50-60 macacos que se han acostumbrado a la presencia de personas y que bajan con total tranquilidad a darse un baño caliente.
Nos encantó poder ver cómo interactuaban unos con otros. Las madres daban de amamantar a los más pequeños. Los más jóvenes corrían y se peleaban entre sí y los machos se encaraban unos con otros por demostrar quién era el más fuerte. Los había más tranquilos que simplemente se metían en el agua caliente y veías como se les cerraban los ojos.
Algún sobresalto también nos llevamos cuando algún mono corría entre nuestras piernas, persiguiendo a otro con el que estaba enfrentado.
Una experiencia única y auténtica totalmente recomendable para los más aventureros pero también para familias enteras. Y una oportunidad inigualable para conocer de primera mano a los monos que viven más al norte del planeta.
Monos en el Onsen de Jigokudani
Después de bastantes horas paseando por el onsen y rodeados de monos, volvemos al bus expreso que nos llevará de vuelta a Nagano.
Nada más llegar cogemos el bus de línea que nos lleva al templo de Zenko-Ji, probablemente el mayor atractivo de la ciudad en la actualidad. Y cuando llegamos entendimos por qué.
Primero paseamos por la calle Zenkojisando, llena de pequeños templo reconvertidos en hoteles de primera clase con unas fachadas espectaculares y cuidadas hasta en el más mínimo detalle. Después de atravesar la puerta Niomon, entramos en la calle Nakamise, completamente disruptiva, con pequeñas tiendas en los laterales donde poder comer un helado de té, algún pincho de carne, comprar souvenirs o, como hicimos nosotros, degustar varios Oyakis, bollos rellenos de verdura o de pasta dulce de habas, muy típicos de la región.
Nos los comimos justo delante del puente Komagaeri, que marca la entrada al recinto espiritual. Mientras cogíamos fuerzas, pudimos entender por qué es uno de los lugares más famosos de todo el país.
Un enorme templo con la puerta Sammon custodiándolo y con pequeños detalles que fuimos visitando poco a poco.
Lo primero fue entender un poco la historia y algunas curiosidades. Se dice que es uno de los templos más antiguos de país, creado en el s. VII. Pero lo que más nos llamó la atención fue saber que guarda en secreto una de las primeras imágenes de Buda que llegaron al país. Además, siempre ha sido símbolo de integración e igualdad, al permitir el culto tanto a hombres como a mujeres desde que se erigió como centro espiritual en la zona.
Entrada al templo Zenko-ji
Pagoda del templo Zenko-ji
El edificio principal del templo por dentro nos pareció una maravilla. Oscuro y solemne, era un lugar que llamaba al rezo. A su alrededor paseamos por los pequeños y cuidados jardines hasta llegar a una pagoda que, escondida en una de las esquinas del recinto, vigilaba todo el templo.
Con el atardecer decidimos subir a la puerta Sammon, desde donde tuvimos una panorámica bastante bonita de la ciudad.
Nuestra última parada en el recinto fue el templo de Kyozo-Sutra, en uno de los laterales del recinto. Para acceder a él había que atravesar un pequeño y pintoresco puente rodeado por los típicos toneles de sake.
Nos fuimos del templo justo cuando lo cerraban, llevándonos una sensación bastante gratificante al haber podido visitar una verdadera joya de Japón.
Continuamos el día paseando por la calle principal. Tuvimos la mala suerte de que ya se había hecho de noche y prácticamente todos los locales y tiendas estaban cerrados. Entramos en el patio Daimon Kuraniwa, un espacio que surgió de un antiguo almacén y que ahora alberga pequeños restaurantes y tiendas. Aunque las luces cálidas que alumbraban todo en la oscuridad de la noche tenían su encanto, la verdad era que estaba todo cerrado y no había mucho que hacer mas que pasear tranquilamente el recinto.
Símbolos de los JJOO en la plaza Nagano Omotesando
Fideos soba en Nagano
Bajamos caminando hasta la plaza Nagano Omotesando donde pudimos fotografiar algunos pequeños detalles que habían dejado, muestra y símbolo de que la ciudad había acogido los juegos olímpicos de invierno.
Antes de recogernos, teníamos que probar el plato más famoso de la ciudad: los fideos soba. Nosotros fuimos a Takizawa, un restaurante donde pudimos comer unos fideos exquisitos, una tempura maravillosa y donde probar el Shochu, un licor famoso de Japón hecho a base de patatas.
Castillo negro de Matsumoto
Si hubo una ciudad que nos sorprendió sin que lo esperásemos, esa fue Matsumoto.
En muchos viajes se deja de lado esta ciudad a los pies de los Alpes japoneses o simplemente se recorre de paso. Nosotros tuvimos la suerte de poder conocerla en detalle y podemos afirmar que es una verdadera maravilla.
Después de un intenso día en Nagano, madrugamos para coger el tren expreso que nos dejaba en Matsumoto.
Después de dejar las cosas en el hotel, decidimos tomar un café y un sándwich para desayunar y nos ponemos en camino para conocer la ciudad.
Paseamos a orillas del río Metoba, por un paseo bien cuidado, donde poder ver algunas fachadas tan icónicas como la del museo del reloj.
Pero sin demora nos dirigimos al lugar más conocido e icónico de la ciudad: El castillo negro de Matsumoto. Y nada más llegar entendemos por qué.
Rodeado por un extenso foso de agua, las cinco plantas de esta maravillosa construcción del periodo Edo se encuentra completamente cubierta de paredes negras que le dan un encanto excepcional. Pasear por el jardín que lo rodea es un imprescindible para poder encontrar diferentes vistas desde las que gozar de este increíble castillo. Verdaderamente sobrecogedor, es en nuestra opinión, un imprescindible si quieres conocer el Japón medieval.
Extasiados por lo increíble del exterior del castillo, decidimos entrar y conocerlo en su interior. Y aunque nos gustó, tenemos que admitir que nos decepcionó un poco. En los cinco pisos interiores apenas se ve otra cosa que los pilares y las vigas de madera y algunas armas antiguas que se mantienen en vitrinas y que permiten al visitante entender cómo se defendían en esa fortaleza.
Desde la planta más alta, a través de las estrechas ventanas, se pueden disfrutar de una espectaculares vistas de los alpes japoneses.
A la salida nos dirigimos al Seven Eleven para hacer un pequeño receso y recargar fuerzas comiendo algo y probando sus famosos smoothies. Entramos en varias tiendas de artesanía y en una de ellas nos dan agua de manantial de una fuente que está en la misma tienda, algo que parece ser bastante típico en la ciudad.
Bolas de Matsumoto, el mejor souvenir
Calle de las ranas, en Matsumoto
Después de descansar un rato al sol, nos dirigimos al templo Yohashira-jinja, uno de los más famosos de la ciudad. pequeño y acogedor, es el centro de culto de referencia de Matsumoto.
Desde allí nos dirigimos a la calle de las ranas, la probablemente más famosa de la ciudad. Si somos sinceros, nos decepcionó enormemente. Las tiendas estaban cerradas, a pesar de ser día lectivo y relativamente pronto y casi no había ambiente.
Seguimos recorriendo las calles de la ciudad y de casualidad nos encontramos con Nakamachi kurassic-kan. un edificio que mantiene la estructura de las casas tradicionales japonesas, en perfecto estado de conservación y que se puede visitar totalmente gratis. A día de hoy se usa para exposiciones o celebrar evento, aunque si no está reservado, se puede entrar sin problema para conocer su interior. Una verdadera joya escondida.
Habíamos leído que en las cercanías del castillo había una cafetería preciosa, llamada Cha-noma. Con ganas de probar el primer matcha del viaje, pusimos rumbo a este lugar. Y fue una decisión increíble. Un pequeño ryokan rdonde vive una pareja mayor y que mantienen con el dinero que ganan de la cafetería que tienen en el salón de su casa.
No sólo pudimos tomar un té y comer algunos dulces. También pudimos ver el jardín interior y pasear entre varias estancias, viendo los antiguos tapices o fotos familiares que son recuerdo vivo de la historia de esa familia.
Cafetería Cha-noma
Ramen en Mensho Sakura, el mejor de todo el viaje
Aprovechando la golden hour, seguimos paseando entre los callejones de Matsumoto, descubriendo algunos lugares icónicos como la piedra de sal o un carrillón en medio de la calle, que al dar la hora mostraba a unos muñecos que tocaban canciones.
Pequeños detalles que dan un aire realmente auténtico a la ciudad.
Para cerrar el día salimos a cenar ramen a Mensho Sakura, el que fue sin lugar a dudas el mejor ramen que probamos en todo el viaje. Con un caldo denso y un toque picante, fue sin duda la mejor manera de cerrar un día tranquilo y muy local.
Vistas del monte Hotaka, en Kamikochi
Cuando empezamos a preparar el viaje a Japón queríamos incluir algunos planes que se saliesen del itinerario habitual y nos permitiesen conocer otras facetas del país nipón.
En concreto, nos llamaba mucho la atención poder conocer de primera mano su exuberante naturaleza.
Así que estando tan cerca de los alpes japoneses, no nos podíamos ir sin hacer alguna ruta por los mismos.
Y el destino elegido fue Kamikochi, un espectacular valle, famoso por sus senderos en el bosque, aguas cristalinas y paisajes increíbles.
Tuvimos suerte de visitarlo en otoño, con las hojas rojas y anaranjadas lo que le daba un ambiente aún más mágico.
El día comenzó bien temprano para coger, primero un tren y luego un bus, que nos dejaban justo en mitad del valle.
Después de dejar el equipaje en un locker, buscamos un mapa de la zona y nos explicaron los distintos recorridos que podíamos hacer. El que más nos gustó, aunque algo largo e intenso, comenzaba en mitad del valle, llegaba hasta el puente Myojin, bajaba al estanque Taisho y volvía a subir al punto de inicio.
Un recorrido que aunque algo largo, de unos 14 km, fue un espectáculo para nuestra vista.
Después de desayunar algo disfrutando de las aguas cristalinas del río Azusa, nos pusimos en marcha. La zona del puente kappa-bashii nos sorprendió por estar bastante concurrida, a pesar de ser demasiado pronto, y es que mucha gente sólo sube por las vistas y para hacerse una foto. En el momento en que nos pusimos a caminar estábamos prácticamente solos.
Nos gustaría decir que disfrutamos del silencio de la naturaleza, pero la verdad es que en el camino casi todos los japoneses llevan campanas colgando de sus mochilas, de manera que el tintineo aleja a los posibles osos de la zona.
Puente Myojin
Paseo por Kamikochi
El tramo hasta llegar al puente de Myojin es bastante llano y oscuro. Caminamos por un sendero oculto entre la sombra de los árboles, dejando al lado en todo momento al río.
Después de pasar el puente, la cosa cambia y el camino se torna mucho más bonito. Vegetación alta pero menos árboles y en cada recodo del camino te encuentras pequeños estanques de agua cristalina que reflejan las altas montañas del valle. Los árboles tienes las hojas más rojas y el encanto del lugar va en aumento. Antes de volver al puente de Kappa-bashii hay un mirador donde tomar una de las postales más famosas y bonitas de la zona, con el monte Hotaka de fondo.
El sendero seguí paralelo al río hasta llegar a Tashiro pond, un precioso estanque en mitad del bosque donde ver toda la vegetación reflejada.
Caminamos hasta llegar a Taisho Ike pond, un lugar donde el río se ensancha y puedes disfrutar de las aguas turquesas y de un paisaje con tonos acaramelados al sur del valle. Una vista única. Cuando llegamos a la orilla vimos un cartel que decía que el último avistamiento de oso había sido justo por aquella zona y hacía apenas un mes.
Hicimos una parada para comer los sándwiches que llevábamos y con la fuerzas recargadas emprendimos el camino de regreso, un camino espectacular al borde del río que discurre bajo árboles con tonos rojizos-anaranjados. Un verdadero espectáculo.
Recogemos las maletas y cogemos el bus que nos llevará a nuestro siguiente destino: Takayama.
Estanque en Kamikochi
Aguas cristalinas en Kamikochi
Takayama era el lugar ideal para vivir la experiencia más auténtica y tradicional y por eso decidimos alquilar un ryokan en el que pasar las noches que estaríamos en este pueblo. Y no pudimos hacer mejor.
Una enorme casa con la estructura y disposición original, con tatami en el suelo y con los futones enrollados. Decoración auténtica y kimonos en todas las habitaciones. El único "pero" que le ponemos es que son casas bastante frías, pensadas especialmente para las épocas más cálidas de verano, buscando una casa que fuese cómodo. Pero si llueve o hace frío, como nos ocurrió, usar algún calefactor es obligatorio.
Justo en Takayama coincidimos con unos amigos que también estaban viajando por Japón y salimos a cenar todos juntos a un yakiniku, una barbacoa japonesa muy típica de la zona, en la que cada uno se hace la carne o verdura a su gusto. Allí pudimos probar la carne de Hida, un verdadero manjar.
Casas Gassho-Zukuri en Shirakawa
Takayama es famoso, entre otras cosas, por ser un lugar en el que se preserva la tradición japonesa con mimo y esmero.
Y prueba de ello son los pueblos de Shirakawa y Gokayama, en los que poder conocer de primera mano las famosas casas Gassho-Zukuri, con sus tejados de paja inclinados para que la nieve deslice y que son consideradas Patrimonio de la humanidad por la Unesco.
Como queríamos descubrir estos lugares tan icónicos, madrugamos bastante en nuestro octavo día en el país nipón. Cogimos el bus que nos llevaba a Shirakawa y comenzamos a pasear entre sus famosas casas.
Nuestra primera parada fue el santuario Shirakawa Hachiman, que lo vimos completamente solos, pudiendo disfrutar con tranquilidad de un lugar tan recogido y espiritual.
Desde allí caminamos hasta el famoso spot de las tres casas, quizás las postal más icónica del lugar pero que nos defraudó bastante.
Seguimos caminando por entre las casas. Shirakawa no es extremadamente grande y las casas están bastante separadas entre sí, lo que nos permitía disfrutar de multitud de detalles. Atravesamos el puente Deai, entramos en el hall de la casa Kanda, la más bonita a nuestro parecer, y recorrimos los arrozales que rodean a muchas de las casas de la aldea.
Justo al lado de la casa Wada, la más famosa del lugar, se encuentra uno de los spots que más nos gustó, con las casas en primer plano y las montañas de fondo.
Si visitáis Shirakawa, tampoco os podéis perder el observatorio de la torre del castillo, desde donde se tiene la mejor panorámica de la zona con diferencia. Un verdadero espectáculo con unas vistas impresionantes.
Nos apetecía desayunar algo, así que nos dirigimos a una cafetería junto a las tres casas, ubicada entre varios arrozales y con un encanto excepcional, al hallarse en un salón tradicional japonés y con una chimenea en el centro donde calentar el agua.
Increíble panorámica de Shirakawa
Santuario Sakurayama Hachiman
Después del breve receso, cogimos el bus de vuelta a Takayama y comenzamos un paseo para conocer bien el pueblo.
En cada rincón puedes encontrar pequeñas joyas escondidas que no te esperas y que son la prueba viva de la cultura y la tradición.
En primer lugar entramos en el templo Hida Kokubunji, conocido por su ginkgo milenario y por la pagoda que destaca entre los edificios circundantes. Nuestros pasos nos llevaron hasta el mercado de Miyagawa. Aunque los puestos de día estaban cerrados, aún quedaban algunas tiendas abiertas y pudimos coger algunos baos para comer por el camino.
Anduvimos hasta el puente Miyamae desde donde poder atravesar un gran tori blanco que da inicio al camino de entrada al santuario Sakurayama Hachiman, el más impresionante de toda la ciudad. Nos encantó por varios motivos: una exhibición preciosa de bonsáis, una escalinata rodeada de árboles con hojas rojas y un templo erigido entre altos árboles centenarios, que le dan un aspecto más místico al lugar. Una verdadera maravilla.
Una de las cosas que más nos gustó en Japón, fue poder callejear en las ciudades y descubrir rinconcitos inesperados y preciosos. Y con Takayama no fue para menos. Recorrimos varias manzanas y visitamos brevemente algunos templos, como el de Takayama Betsuin Shorenji, el de Daiohji o el de Souyuji. Verdaderas joyas escondidas. Aunque muy parecidos, todos tienen algo que los hace especiales.
Calle Sanmachi Suji
Bodega de sake en la calle Sanmachi Suji
Seguimos caminando y nuestros pasos nos llevaron al parque Shiroyama, antigua ubicación del castillo de la ciudad y que se encuentra después de subir una gran cuesta. Nos hacía ilusión subir porque habíamos leído que era un imprescindible de la ciudad, pero la verdad es que dejaba mucho que desear. No se tenía una buena panorámica y lo único reseñable era la estatua de Kanamori Nagachika.
Algo cansados llegamos al puente Nakahashi, de un intenso color rojo, un punto muy conocido de la ciudad. Allí no paró un chico japonés y universitario que nos entrevistó para una encuesta. Nos regaló un gusanito típico japonés que sería nuestra perdición porque a partir de entonces compraríamos paquetes de los mismo.
Justo tras el puente se encuentra el histórico edificio del gobierno, Takayama Jinya. Lugar sobrio que decidimos no visitar para entrar en las tiendas de artesanía de la calle Honmachi Dori. Había algunas verdaderamente espectaculares con cerámica artesanal y con unos juegos de té preciosos.
Y nos habíamos dejado para el final uno de los lugares más famosos de toda Takayama: Sanmachi Suji. Una calle que mantiene el ambiente tradicional, con casas de madera y tiendas locales.
Muchos son antiguas destilerías de Sake o de miso y si entras, podrás probar de ambos. Nosotros entramos en varios y pudimos probar tanto sopa de miso como sakes de distintos sabores y aromas. Aunque no nos gusto demasiado ninguno de los dos productos, creo que es una experiencia que hay que vivir si vienes a japón.
Especialmente las bodegas de sake, que mantienen un aire folclórico muy bien cuidado.
Yakiniku en Takayama
Yakiniku con carne de Hida
Cuando el hambre apretó y había caído la noche cerrada, buscamos algún sitio donde cenar.
Nos había encantado el yakiniku y empezamos a buscar alguna otra barbacoa por la ciudad. La suerte quiso que nos topásemos con 高山在市, un restaurante cerca del ryokan donde nos alojábamos y que tenía la mejor carne que hemos probado jamás. Una verdadera delicia para despedir la ciudad.
Vistas de los campos de arroz desde Magome
Habíamos leído bondades sobre la ruta Nakasendo, testigo del antiguo camino que unía las ciudades de Kioto y Tokyo.
Nos llamaba muchísimo la atención y queríamos hacer alguna etapa que nos permitiese sentirnos como verdaderos samuráis.
Es por eso que en nuestro noveno día en el país nipón decidimos hacer el tramo de la ruta Nakasendo entre Magome y Nagiso, pasando por Tsumago.
El viaje desde Takayama hasta Magome fue bastante arduo. Tuvimos que coger tres trenes hasta llegar a Nakatsugawa, donde dejamos el equipaje en un locker. Desde allí había que coger un bus que nos llevase hasta Magome, el inicio de nuestro camino.
Nada más llegar al pequeño pueblo, la vista es sobrecogedora: extensos campos de arroz entre la montañas y pequeñas casas tradicionales a nuestras espaldas.
Sin embargo, cuando comenzamos a caminar entre los pequeños hogares, me siento bastante decepcionado. Todo parece demasiado artificial y, aunque mantienen las fachadas que había antiguamente, no se nota real. Además, se ha convertido en un punto muy turístico y llegaban buses enteros que, si bien no iban a caminar, sólo querían hacer parada en el pueblo para fotografiar las mejores vistas, lo que da una sensación de agobio entre las estrechas calles.
Hicimos parada comiendo unos Oyakis de un puestecillo local y subimos rápido hasta el mirador de Magome, desde donde disfrutar de una panorámica excepcional del valle que nos rodeaba.
Al comenzar a andar, el grueso de gente desaparece y nos quedamos prácticamente solos.
El primer tramo para llegar hasta Tsumago es bastante empinado y el camino no es excepcionalmente bonito, pero una vez pasado el templo de Kumanojinja, en el que entramos, la cosa se vuelve más sencilla.
No sólo empezarás a caminar cuesta abajo, sino que la naturaleza será más abundante, el camino se alejará de la carretera y encontrarás joyas escondidas como Ichikokutochi Tateba Chaya, una casita tradicional en mitad de la nada donde podrás tomar totalmente gratis un té.
Antiguo molino de agua en Magome
Riachuelos por el sendero
Con cada paso el camino se va tornando más oscuro. Las arañas cada vez son más grandes y empezamos a pasar delante de pequeñas cascadas con encanto.
Pero la experiencia que iba mejorando, se vuelve una verdadera aventura cuando, en mitad de camino a Tsumago, estalla una tormenta que nos deja empapados y que hace que seguir la marcha sea imposible. Conseguimos resguardarnos en un pequeño tejado pero no parece que vaya a amainar, así que continuamos con la caminata aunque nos mojamos.
Totalmente empapados llegamos a Tsumago. Y nos encanta. Paramos para comer antes de visitar las pequeñas callejuelas. Las casas tradicionales son mucho más auténticas y apenas hay gente. Supongo que no tantos se atreven a hacer los apenas 8 km que separan ambos pueblos.
Tsumago tiene un encanto especial. Se siente más real y las tiendas de artesanía le dan un verdadero encanto. De hecho entramos en varias y en alguna de ellas compramos algunos souvenirs y juegos de té.
La mayor parte de gente sólo hacía el trayecto entre Magome y Tsumago, pero nosotros queríamos seguir un poco más hasta Nagiso por varios motivos: está mucho mejor conectado, queríamos conocer una parte del camino menos concurrido y disfrutar de la naturaleza por más tiempo.
Calle principal de Tsumago
Vistas del valle desde Nagiso
Tuvimos que andar bastante ligeros para que no se nos echase la noche encima.
Personalmente me encantó el camino pero he de admitir que no era tan natural como lo esperaba. En muchos tramos te encuentras casas o carreteras y no está bien señalizado. Eso sí, como vamos caminando por un valle, en todo momento pudimos disfrutar de la vista de las montañas que nos rodeaban.
El camino de vuelta hacia Kioto se nos hizo bastante largo. Primero tuvimos que ir de Nagiso a Nakatsugawa para recoger las maletas. Desde allí coger un tren hasta Nagoya y desde allí hasta Kioto.
Nada mas dejar las cosas en el hotel, pateamos las calles de alrededor y entramos en un pequeño izakaya concurrido de japoneses, donde pudimos comer pequeños platos para compartir, muy típicos y tradicionales.
Pabellón dorado
Si hay una ciudad en todo Japón que sea mundialmente conocida por sus castillos, templos, santuarios y postales icónicas, esa es Kioto.
Recorrer sus calles es caminar entre testigos vivos de la cultura y la historia del país.
Teníamos claro que queríamos disfrutar de los sitios más icónicos con la máxima tranquilidad. En un sitio como Kioto eso significa madrugar a las cinco para poder ver los templos sin gente.
En nuestro primer día en Kioto teníamos tal cansancio acumulado, que fuimos incapaces de madrugar y empezamos el día un poco más tarde, sobre las nueve, para llegar justo cuando abriesen uno de los lugares más conocidos de la ciudad: el pabellón dorado.
El pabellón dorado es uno de los templos budistas más famosos del país, conocido por su edificio dorado en mitad del estanque, en cuya agua se refleja el pan de oro que lo recubre. Una verdadera joya arquitectónica. Nos gustó mucho la entrada, que es un regalo en sí misma ya que se trata de una especia de bendición para el visitante.
A pesar de haber llegado los primeros, el lugar era una feria. Aunque tuvimos la suerte de poder hacer fotos y disfrutar del lugar sin muchas cabezas, cuando nos fuimos era otra historia.
Nos encantó pasear alrededor del estanque y disfrutar del pabellón dorado desde distintos ángulos, así como de la estatua de un fénix que remata su tejado. Caminamos por el jardín, descubriendo pequeños estanques, la casa del té o un pequeño santuario al final del camino.
Antes de que nos hubiésemos dado cuenta, el templo había terminado. Una verdadera joya de la ciudad. Completamente comprensible que sea tan icónica.
Nada más salir hacemos parada en el seven eleven para desayunar y coger fuerzas antes de continuar a nuestra siguiente parada: Ryoan-ji o el templo del jardín zen.
Postales de Kioto
El templo de Ryoan-ji fue espectacular por dos motivos. En primer lugar, el gran estanque de la entrada tiene un encanto especial, con multitud de árboles frondoso que lo rodean y que hace que no sientas que estás en plena ciudad. Por otra parte, el gran jardín zen es magnífico. Una enorme extensión de arena que se ha arado con meticulosidad y con las siete piedras puestas de tal forma, que desde ningún punto se podrán ver todas a la vez.
Era tal la calma que transmitía, que decidimos pararnos bastante rato, observarlo y meditar. Un verdadero remanso de paz.
A la salida bordeamos el estanque, disfrutando de la naturaleza que campa a sus anchas, dominándolo todo.
Nuestra siguiente parada fue el cercano templo budista de Ninna-ji, un conjunto de edificios, en una inmensa extensión y con una enorme pagoda de cinco pisos. Este templo es famoso porque en la época de floración, se dice que sus cerezos son de los más bonitos de todo el país. Paseamos por el recinto un largo rato, disfrutando de la historia de los distintos templos y santuarios que lo comprenden. Especialmente interesante es el edificio principal y la gran puerta de acceso, que nos parecen realmente impresionantes.
A la salida callejeamos un rato para coger el bus que nos llevará hasta Sagatori-Moto. Una calle con cierto encanto, pequeñas casas y alguna cafetería. Aunque esperábamos más de la calle, nos gusta pasearla con calma hasta llegar al templo budista de Hondo.
Chicas en Kimono a orillas del río Katsura
Kimono fest
En un punto elevado de la montaña, el templo de Hondo se erige como guardián de la ciudad. Con una pequeña pagoda y varias pequeñas estatuillas, lo que realmente nos gustó fue el bosque de bambú que se encuentra en su interior. Sin nada que envidiar al famoso bosque de Arashiyama. Grandes árboles de bambú rodeaban un empinado camino y le daban un encanto especial.
Después de disfrutar un largo rato de la tranquilidad de un bosque de bambú prácticamente solos, bajamos el camino en dirección al famoso bosque de Arashiyama. A pesar de que también es impresionante, no tiene nada que envidiar al que acabamos de ver. Y éste sí que está más masificado, sin apenas rincones donde hacerse una foto decente y no mucho más grande.
A los pies del famoso bosque de bambú se encuentra el templo Tenryu-ji. Habíamos escuchado verdaderas bondades del mismo, aunque si somos sinceros, nos acabó decepcionando. El templo en sí no tienen nada de especial. Lo más llamativo es su gran jardín, cuidado hasta el más mínimo detalle, así como su bonito estanque. Como tuvimos la suerte de verlo en otoño, muchos árboles habían cogido el característico color rojizo del momiji. Salimos con una sensación agridulce porque esperábamos mucho más del lugar.
Al salir del templo, bordeamos la orilla del río Katsura y comenzamos a subir el monte Arashimaya, porque habíamos leído que había un mirador con unas espectaculares vistas de la zona. La panorámica del río y el valle era excepcional, especialmente por la bonita luz del atardecer y los colores que teñían el bosque.
Farolillos de santuario Yasaka
Vista nocturna de la pagoda Yasaka
Curry japonés en Koi
Volvemos a bajar a la orilla del río Katsura. Nos encanta ver a las parejas y grupos de amigos remar en las pequeñas barcas que hay.
Proseguimos caminando hasta llegar al puente Togetsukyo, que a pesar de su apariencia enclenque, se mantiene intacto como un icono de la zona. Lo atravesamos para tener la perspectiva del río con las montañas de fondo y nos dirigimos hacia la estación de tren, no sin antes hacer un breve receso y comer un pollo frito para coger fuerzas.
En la estación de tren tenemos la inmensa suerte de poder pasear por el kimono fest completamente alumbrado. Tubos cilíndricos con telas de kimono, que al caer la noche se alumbran con luces cálidas, dándole un aspecto mágico.
Allí cogemos un tren para cruzarnos la ciudad entera hasta llegar al Santuario Yasaka, que coge un encanto especial por la noche, cuando los farolillos de papel se alumbran, y sus letras negras y rojas destacan. Nos pareció una de las cosas más bonitas que vimos en todo el viaje.
Caminamos tranquilamente por las oscuras calles hasta llegar al spot de la pagoda Yasaka, la imagen más famosa de la ciudad y, probablemente, del país. Una empinada calle desde cuyo punto más alto hay una preciosa vista de una pagoda oscura de 5 pisos. Uno de los puntos más concurrido de Kioto. Nosotros fuimos en plena noche y ni aún así estábamos solos.
Terminamos la noche cenando curry japonés en koisus, un lugar que nos habían recomendado y que no defraudó.
Famosa vista de la pagoda Yasaka
En nuestro segundo día en Kioto decidimos madrugar mucho para poder disfrutar otra vez de las famosas vistas de la pagoda Yasaka, pero esta vez de día.
Si queréis verlo como nosotros, prácticamente solos, debéis de levantaros sobre las cinco y estar allí al amanecer. Y aún así ya habrá gente.
Tuvimos suerte de disfrutar las primeras horas de sol del spot más famoso de la ciudad y realmente nos alegramos de haberlo visto tan pronto y tan bien.
Perpendicular a la famosa calle se encuentra otra también bastante conocida: Ninezaka. Elevada sobre el terreno y con una panorámica bastante chula de las casas y templos de alrededor, nos gustó poder pararnos y disfrutar de las vistas prácticamente solos al amanecer.
Comenzamos a caminar tranquilamente mientras vemos cómo los primeros comercios empiezan a abrir. Nuestra siguiente parada será el famosísimo templo de Kiyomizu-Dera, famoso por su balcón colgante de madera y sus vista panorámicas de la ciudad.
Nos tomamos el templo con calma y fuimos paseando y leyendo curiosidades sobre los principales edificios del complejo: la pagoda roja y la puerta Nio-mon que da acceso o el interior del templo principal, entre otros. En este mismo lugar, prácticamente sin que nos diésemos cuenta, comenzamos a pasear por encima del famoso balcón. Hicimos una parada para disfrutar de la altura y ver de lejos, no sólo la ciudad, sino algunos otros pequeños templos dentro del recinto, como el Buda de Kiyomizudera Shakado.
Aunque lo que más nos gustó fue poder tomar la clásica foto del templo desde Kiyomizudera Okunoin, un pequeño templo con otro balcón, menos conocido, desde donde puedes ver la icónica postal del balcón con Kioto de fondo. Nos pareció una verdadera maravilla la vista y más aún verlo con tanta calma.
Aunque una vez visto lo más famoso del templo pensábamos que habíamos terminado, la realidad es que aún alberga unas cuantas sorpresas este templo: la pagoda en honor a los no nacidos o la fuente Otowa-no-taki, la fuente de la fortuna, son algunas maravillas más que no puedes perderte. Allí conocimos a un grupo de estudiantes de colegios que estaban organizando una actividad para dar a conocer los templos de la ciudad a los turistas. Realmente interesante.
Postales de Kioto
Cuando salimos, decidimos pasear por los alrededores porque las callejuelas nos parecen encantadoras y prácticamente en cualquier esquina encontramos un spot precioso de la ciudad. Pasamos delante del templo Ryozen Kannon, famoso por su impresionante figura de Buda del interior.
Atravesamos la calle Nene no Michi para volver al Santuario Yasaka, que nos había gustado tanto la noche anterior. Hemos de admitir que durante el día pierde parte del encanto que tienen y a ello hay que sumar que lo vimos bajo una fuerte lluvia que tampoco ayudó. Su edificio principal era realmente imponente, aunque decidimos no entrar y dirigirnos a la puerta Yasaka Jinja Nishiromon, desde donde teníamos una vista chula de la Avenida Shijo, la principal de la ciudad.
Nuestros pasos nos llevaron hasta una de las zonas más famosas de Kioto: Gion. Mucha gente acude, no sólo por el encanto que tienen sus pequeñas casas, sino porque siguen siendo los lugares donde viven las últimas geishas de la ciudad. Es un verdadero reto encontrarlas y hay que ser muy respetuoso en caso de que las veas. No tuvimos la suerte de cruzarnos con alguna, aunque disfrutamos el paseo por una zona realmente auténtica y tradicional.
No nos queríamos despedir de la zona este de la ciudad sin probar de primera mano dos lugares, bastante turísticos, pero no por ello menos graciosos. En primer lugar fuimos a Mochi-Mochi, lugar donde hacen mochis delante tuya, que es parte del espectáculo. Es realmente gracioso aunque los mochis no nos gustaron. Nuestra última parada fue matcha garden, una pequeña tienda bajo la pagoda Yasaka, donde nos tomamos un té muy rico y compramos algunos complementos para los sets de matcha que habíamos adquirido.
Jardín de musgo en el Pabellón de plata
Pabellón de plata
En Kioto, para evitar la masificación pro el turismo, han puesto una línea exprés que sólo hace parada en los principales atractivos de la ciudad, evitando así colapsar el transporte público.
Por ello cogimos uno de esos buses, que nos dejó en la zona norte de la ciudad, en el que sería uno de nuestros lugares favoritos de todo Tokyo: el pabellón de plata o Ginkaku-ji.
Famoso por su jardín zen con su forma en tronco de cono, lo que realmente nos enamoró del sitio fue su magnífico jardín de musgo, cuidado hasta el más mínimo detalle. Una verdadera belleza para todos los sentidos. Pero la cosa no acaba ahí. El propio pabellón de plata se levanta imponente sobre un pequeño estanque que refleja con encanto su silueta. A pesar de que no se tarda mucho en ver, este templo fue una verdadera maravilla que nos dejó con muy buen sabor de boca.
A la salida hicimos un descanso para comer algo y recuperar fuerzas, antes de comenzar a recorrer el paseo del filósofo.
Se trata de un camino precioso que discurre en paralelo a un canal y bajo los árboles, con pequeñas tiendas en los laterales. Un oasis de calma alejado del ruido de los coches y de la ciudad, es el sitio idóneo para dejar la mente en blanco y disfrutar de la caminata. Pero el nombre viene por algo y es que en cuanto nos sumergimos en un sitio tan increíble, comenzamos a reflexionar y a tener conversaciones intensas sobre la vida.
El paseo termina en el templo Eikando, uno de los más visitados en la ciudad especialmente en la época de floración de los cerezos. Nosotros ya teníamos demasiados templos por el momento y lo disfrutamos sólo desde la entrada.
Arcoíris en el santuario sintoísta de Heian Jingu
Paseando por Kioto
Seguimos con nuestro paseo por Kioto hasta llegar a un lugar que nos había llamado bastante la atención: el santuario sintoísta de Heian Jingu. Lo más llamativo es su inmenso tori de 24,4 metros de altura, que es sin duda el verdadero protagonista del lugar.
Justo delante del santuario habían puesto un mercadillo y aprovechamos para ver algunos de los puestos que tenían.
Una vez dentro del templo recorrimos su inmenso patio interior y disfrutamos de la arquitectura llena de detalles y colores rojizos de su templo principal y edificios anexos.
Al salir, nos encaminamos hacia el río Kamo, que atraviesa la ciudad de norte a sur y separa la zona en la que nos encontrábamos, más tradicional, con el centro, mucho más moderno.
Teníamos varias tiendas de papelería japonesa que queríamos visitar, así como tiendas de cerámica hecha a mano y realmente auténtica. Una verdadera maravilla encontrar lugares tan locales, que te permiten adentrarte en una parte fascinante de la cultura japonesa.
Y como nos pillaba cerca, entramos en el mercado de Nishiki, un enorme mercado techado, con muchísima variedad de comida y bebida, especialmente enfocado al turista. Aunque los precios y la calidad distaban mucho de ser los que habíamos visto en lugares realmente locales, nos gustó pasear entre los puestos y descubrir las brochetas de waygu, los pulpitos rellenos de huevo o las tiendas de mochis.
Omakase en Kioto
Omakase en Kioto
Cuando salimos del mercado ya se nos ha hecho de noche. Recorrimos una pequeña parte del pontocho park, aunque lo habíamos visto de pasada antes, porque no queríamos irnos de Kioto sin conocerlo.
Aunque estábamos algo cansados por haber empezado el día tan pronto y no haber parado, volvimos a la zona de Gion corner, cruzando dedos a ver si teníamos suerte y veíamos a alguna geisha. Esta vez tampoco hubo suerte aunque recomendamos encarecidamente visitar ese área de noche. Adquiere un encanto particular al estar las callejuelas alumbradas muy tenuemente.
Para cerrar el día y celebrar mi cumple, nos dimos un festín en un Omakase, una experiencia gastronómica y cultural que hay que vivir si viajas a Japón. Un chef te cocina varios platos a base de pescado fresco que ha cogido esa misma mañana del mercado y te hace también nigiris y sushi. No sólo estaba riquísimo, sino que descubres la tradición japonesa de una manera realmente auténtica. Es, además, algo muy íntimo. La barra la compartimos con el chef y con una pareja japonesa mayor que también estaba de celebración.
Camino de toris
Después de la buena experiencia que habíamos tenido el día anterior madrugando y disfrutando de varios spots prácticamente solos, quisimos repetir en nuestro tercer día en Kioto y empezamos bien pronto para disfrutar de la mejor forma posible de una de las grandes joyas de la ciudad: el templo Fushimi Inari.
Como nunca cierra, puedes acercarte a cualquier hora. Nosotros llegamos poco después del amanecer y volvimos a tener la suerte de disfrutar en total intimidad del tori de la entrada, el edificio principal y la multitud de detalles de todo el recinto. Esto hace que la experiencia sea mucho más íntima y espiritual.
Después de pasear por el templo, llegamos al verdadero atractivo del templo: los más de 10.000 toris rojos que forman un túnel de varios kilómetros y que se adentra por la montaña hasta llegar a su cima.
El camino, que habíamos empezado con muchas ganas, acabó haciéndose algo pesado, Estuvimos más de dos horas caminando. Eso sí, las vista panorámicas de la zona sur de la ciudad merecen la pena.
En la cima nos sorprendió encontrar multitud de pequeños toris que la gente entrega como ofrenda en honor de algún familiar o amigo o para pedir algún deseo. un lugar íntimo y personal.
Cuando volvíamos estaba el templo en extremo concurrido y dar el paseo con calma era cosa imposible. Nos alegrábamos mucho de haber madrugado tanto.
En la bajado hicimos parada en un sitio que habíamos visto, donde comprar un tori y que le pusieran nuestro nombre y la fecha. Un regalazo. El mejor de todo el viaje.
Dejamos el templo algo cansados porque no esperábamos una caminata tan larga y ardua, pero muy contentos, sabiendo que habíamos disfrutado plenamente de uno de los templos más icónicos, diferentes y bonitos de todo el país.
Ciervos en el parque de Nara
Ciervos en el parque de Nara
Cogimos el tren en dirección a nuestra siguiente parada: Nara.
Nada más llegar hicimos un pequeño receso para comer algo y recuperar fuerzas y nos dirigimos a la zona más concurrida de todo Nara: el parque de Nara.
Aquí vimos a multitud de ciervos caminar completamente a sus anchas, como dueños que son del parque, esperando que les des comida. No esperábamos verlos tan tranquilos y acostumbrados a las personas.
Como sólo se les pueden dar de comer unas galletas específicas que se compran allí, cogimos un par de paquetes e íbamos alimentando a los animales que se nos acercaban. Lo que más nos llamó la atención es que los ciervos nos mordían, chocaban sus cuernos a su cabeza con nosotros o nos perseguían si veían que teníamos comida y no se la dábamos.
El parque es bastante extenso, pero la mayor parte de la gente se queda sólo en el primer prado. Nosotros seguimos avanzando para estar mucho más tranquilos. En el resto de áreas hay muchísimos más ciervos y nos quedamos prácticamente solos con manadas enteras que se acercaban a ver si teníamos comida que darles.
Después de un buen rato disfrutando de la compañía de los bambis, entramos en el templo Todai-Ji, donde nos sorprendió ver que los ciervos seguían caminando a sus anchas, sin importarle la espiritualidad del lugar.
Postales de Kioto
Nuestra última parada en Nara fue el santuario Kasuga Taisha. El camino para llegar es increíble, rodeado por altos árboles y farolillos de piedra que le dan su encanto. Encontramos ciervos por todos lados, que se acercaban buscando algo de comida.
Tuvimos la suerte de visitar el parque cuando estaban en la época de celo y muchas veces los machos berreaban para marcar su territorio y demostrar su fuerza.
La vuelta la hicimos también tranquilamente. Nos sorprendió encontrar incluso algunos ciervos que habían salido del parque y paseaban tranquilamente por la ciudad. Los verdaderos reyes de Nara.
Cogimos el tren de vuelta a Kioto porque queríamos ver el Castillo Nijo. Aunque tuvimos la mala suerte de llegar justo cuando cerraban, sí que paseamos alrededor de su foso y pudimos ver la muralla con los torreones en sus esquinas.
Como todavía no era de noche y estaba cerca, caminamos hasta el jardín nacional Kioto Gyoen, a los pies del palacio imperial. Una verdadera joya ambiental, remanso de paz en medio del caos de la ciudad. Paseando entre sus caminos se nos hizo de noche.
En Tokyo nos había gustado mucho recorrer los callejones de noche y descubrir pequeños rincones con encanto. En Kioto no podía ser menos y nos aventuramos a perdernos por la zona centro, mucho más moderna que otras zonas, pero que muestra el ritmo de vida auténtico del Japón actual.
Cuando el hambre apretaba nos dirigimos a un riquísimo Obanzai. Comimos sentados en tatamis pequeños platos de temporada. La verdura y la carne fue verdaderamente excepcional y el sitio estaba muy concurrido de japoneses que salían del trabajo, la mejor garantía de calidad.
Obanzai en Kioto
Obanzai en Kioto
Obanzai en Kioto
Castillo de Osaka
Habíamos leído bastantes malas valoraciones de Osaka. Mucha gente decía que no merecía la pena ir y que no tenía nada que ver con el resto de ciudades japonesas.
Y si bien es cierto que Osaka es muy diferente e Kioto o Tokyo, ese es su verdadero encanto: la luces de neón, el ruido y el caos, el bullicio ...
El día empezó bien pronto, cogiendo el shinkasen que nos llevase a Osaka.
Una vez en la estación dejamos el equipaje en consigna y cogimos el bus que nos dejaba en el lugar más icónico de la ciudad: el castillo de Osaka.
A pesar de que el actual está bastante remodelado, es un ejemplo bastante conseguido de un castillo del periodo Edo. Imponente con sus colores blanco y aguamarina, es el protagonista de la zona.
Recorrimos todo el jardín que lo rodea. Al principio no nos parecía gran cosa, pero una vez hubimos atravesado el puente Gokurakubashi, alcanzamos las mejores vistas del castillo, con el foso lleno de agua entre medias reflejando su esbelta figura. Las hojas rojas de los árboles otoñales también ayudaron a darle ese encanto especial. Aunque nos gustó más el castillo de Matsumoto, el de Osaka cumplió con lo que prometía. Un imprescindible si visitas la ciudad.
Como anécdota, mientras estábamos visitan el parque, sonaron las alarmas de tsunami por toda la ciudad, aunque por suerte sólo fue un simulacro.
Cogimos el bus que nos llevaba hasta el famoso templo de Isshinji, realmente curioso, donde la modernidad de su puerta le da la mano a la tradición de los pequeños santuarios que hay dentro del recinto. El lugar estaba super concurrido de locales porque parece que es un lugar bastante típico donde hacer ofrendas y oraciones.
Detalles de la calle Shinsekai Hondori
Detalles de la calle Shinsekai Hondori
Atravesamos el parque Tennoji, con el precioso estanque de Kawazokoike, hasta llegar a uno de los sitios que más ganas tenía de conocer: La calle Shinsekai Hondori. Famosa por las estrafalarias fachadas, llenas de detalles, luces y sonidos, es un verdadero contraste con respecto a todo el Osaka más tradicional y espiritual que habíamos visto hasta el momento.
Pasear por las calles principales y ver fachadas con samuráis o pulpos enormes es una experiencia que hay que vivir para conocer el Japón más moderno y actual.
Como colofón, esta famosa calle termina en Tsutenkaku, la torre de comunicaciones, con un famoso mirador en su cúspide que brinda una magnífica panorámica de la ciudad.
Aunque nosotros no llegamos a subir porque queríamos recorrer las tiendas de Nipponbashi. Allí encontramos lo que habíamos buscado en Tokyo sin mucho éxito. Tiendas de figuritas mucho más baratas y tiendas de tecnología con los precios tirados.
En los grandes centros comerciales en los que entramos, los precios eran similares a los de Europa, pero en cuanto nos desviábamos un poco por las calles que atraviesan la avenida, encontrábamos auténticas gangas de aparatos digitales, baterías y tarjetas de memoria.
También pudimos disfrutar de algunas de las mejores tiendas de anime que vimos hasta el momento.
Detalles de Osaka
Cuando el hambre empezó a apretar nos dirigimos al famoso mercado de Kuromon, con sus pequeños puestos de comida callejera. Nosotros probamos el okonomiyaki, o pizza japonesa, una masa con huevo y verduras y los toppings que quieras, muy típica de Osaka. Aunque nos gustó y nos ayudó a coger fuerzas, el sitio nos pareció caro y turístico y vimos locales mucho mejores a lo largo de la ciudad.
Probamos también un pincho de pulpito con un huevo dentro de su cabeza. De sabor rico pero con una textura bastante curiosa.
Y como no podía ser de otra forma, para el postre hicimos cola y compramos la fluffy cheesecake de Rikuro Ojisan. Aunque se ha hecho viral gracias a las redes sociales, no podíamos irnos de Osaka sin probarla. Compartimos la opinión de la mayoría: muy rica de sabor pero bastante sobrevalorada.
La tienda de tartas se encontraba en un pasaje con muchas tiendas y hubo una que nos llamó la atención. Acabábamos de descubrir una verdadera joya de zapatos de marca baratos. Adidas por 20 euros, New Balance por 50 ... Ahí descubrimos que en Osaka hay algunas tiendas escondidas con precios tirados donde puedes comprar ropa de marca o de calidad.
Después del éxito de nuestras compras, entramos en el gran centro comercial de mamba, esperando encontrar la tienda de Muji que nos hacía mucha ilusión ver. Pero después de muchos intentos y de intentar hacernos entender, tuvimos que desistir.
Pulpitos del mercado Kuromon
Fluffy cheesecake de Rikuro Ojisan
Como empezaba a anochecer y la ciudad iba cogiendo un color especial, nos dirigimos al lugar más icónico de todo Osaka: Dotonbori. Una calle a orillas del canal, con enormes edificios en cuyas fachadas encontrar neones, pantallas, anuncios y personajes tan míticos como el corredor del cartel de Glico, también conocido como Glicoman.
Entramos en la tienda de Don Quijote, un clásico para comprar comida y souvenirs en Japón y muy conocida en esta ciudad por su entrada en forma de noria, que de hecho cumple tal función.
Lo que sentí en esa tienda es difícil de describir. Un agobio contante por los pequeños pasillos atiborrados de cosas, mucha gente echando en el carrito lo primero que ve, música y colores saturando nuestros sentidos ... una experiencia que seguro que vivirás si viajas al país nipón.
Nos contuvimos de hacer compra grande aunque caímos en la tentación y pillamos el pack de varios gusanitos de sabores.
Con la noche completamente cubriendo el cielo, paseamos por Dotonbori, el canal y las calles paralelas, disfrutando de todos los estímulos que recibíamos: luces, sonidos, gente por todos lados ...
Nos paramos en el canal para ver un grupo de K-Pop que hacían un espectáculo que muchos locales seguían con bastante fervor, cantando y bailando.
Carteles en Dotonbori con grupo de K-pop cantando
Canal de Dotonbori
Perpendicular a Dotobori y atravesando el puente Ebisu se encuentra una zona techada llena de tiendas.
Caminamos un rato viendo escaparates y, cuando la inmensa cantidad de gente empezó a ser agobiante, salimos a la gran avenida de Mido-Suji. Un verdadero espectáculo el contraste entre el bullicio y las luces de las calles paralelas con la tranquilidad de la avenida principal, mucho más sobria y elegante.
Nos dirigimos al barrio americano, una zona llena de tiendas de artículos estadounidenses como gorras, vaqueros o chaquetas. Personalmente no me gusta demasiado. Creo que le da un toque diferente a la ciudad pero no tiene nada de especial.
Y como no nos podíamos ir de Osaka sin probar los takoyakis, nos acercamos a la zona de Shimanouchi a probar unas de las bolitas de pulpo con mejores valoraciones de toda la ciudad, una auténtica maravilla.
Encantados de haber podido disfrutar en primera persona de los contraste de Osaka, cogimos el tren que nos llevaría a nuestro siguiente destino: Kii-Katsuura, donde poder disfrutar del Kumano Kodo durante un par de días.
Santuario Nachi taisha
El Kumano Kodo es una red de rutas de peregrinación que se encuentra en la península de Kii y que conecta tres grandes santuarios sintoístas.
Cuando vimos algunas imágenes de los caminos y templos nos quedamos rápidamente prendidos de la belleza del lugar. Y que sea el único camino, junto al de Santiago, que es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, lo corrobora.
Aunque no teníamos mucho tiempo para poder hacer varias rutas, sí que queríamos conocer los principales puntos de interés del Kumano Kodo y hacer algún tramo a pie.
La primera noche en la península de Kii la pasamos en Nachikatsuura, conocido por ser el principal puerto atunero del país.
Despertamos pronto para aprovechar el día y después de coger un desayuno en el Family Mart y dejar las mochilas en un locker, dimos un paseo por todo el pueblo.
Recorrimos el puerto, en el que los barcos estaban descargando los atunes que habían pescado esa mañana y comenzaban a cortarlos en piezas y prepararlos. Cerca de la lonja había un pequeño Onsen, famoso por encontrarse al aire libre.
También callejeamos un rato más por sus pequeñas casas de pescadores, hasta que cogimos el bus que nos llevaría al primer santuario del Kumano Kodo: Nachisan.
Aunque nuestra idea original era pararnos directamente en el templo, improvisamos y nos bajamos una parada antes, como vimos que hicieron la mayoría de los locales, en Daimonsaka, donde unas enormes escaleras cubiertas de musgo e hierba te permiten subir al templo. Un trayecto rodeado por altos y antiguos árboles, tan grandes que apenas te permiten ver el cielo. Un ambiente místico que fue un acierto completo poder recorrer a pesar de la intensa lluvia.
Al llegar a la aldea en la que se encuentra el templo tuvimos que seguir subiendo escaleras hasta alcanzar la cima, donde se encuentra el templo y la famosa vista de la pagoda.
Primero nos dirigimos a la pagoda, famosa por la vista que hay de la misma con la cascada Nachi de fondo. Si puedas captar una postal nítida con ambas, te llevarás una de las más icónicas fotografías del país. Hay varias explanadas desde donde disfrutar de una increíble panorámica.
Detalles de Nachikatsuura y del Océano Pacífico
Después de disfrutar de la pagoda, nos dirigimos al santuario de Seiganto-ji, nada concurrido y con un edificio principal de madera bastante solemne. Aunque no tiene nada diferente a otros lugares de culto, el increíble entorno natural en el que se encuentra le da un aspecto mágico.
Después cogemos el bus para dirigirnos de vuelta a Nachiikatsuura y probar el atún, plato más famoso del lugar.
Nos habían recomendado el restaurante katsuragi, donde poder probar cortes de atún completamente caseros y en distintas formas: sashimi, a la brasa, en salsa de soja ... Todos los cortes fueron excepcionales y fue una verdadera experiencia poder disfrutar del pescado fresco y del día en un lugar realmente local.
Después de un café en el Family Mart, cogemos el tren que nos dejará en la cercana ciudad de Shingu.
Nuestra idea original era visitar el segundo gran templo del Kumano Kodo: el Hayatama Taisha. Pero hacía tan buen tiempo y habíamos visto unas preciosas calas en el tren, que no dejamos escapar la oportunidad para recorrer el pueblo y poder darnos un baño en el Océano Pacífico. Una experiencia que mereció totalmente la pena.
Nos encontrábamos completamente solos en una playa de piedras que se extendía kilómetros. Disfrutamos no sólo del aguas y las vistas, sino de la tranquilidad del lugar.
Callejeando por Shingu
Santuario Hayatama Taisha
Aunque estaba atardeciendo, aún quedaba una hora de sol y decidimos volver sobre nuestros pasos, callejear un rato por Shingu y conocer el segundo templo del Kumano Kodo.
De camino hicimos parada en una pequeña pastelería de dorayakis, donde la dueña, una señora mayor, nos regaló un par de ellos para que los probásemos. Deliciosos con su masa mullida y su dulce relleno de masa de alubias. No puedes irte de Japón sin probarlos.
Justo con los últimos rayos de sol llegamos al santuario sintoísta. Lo justo para disfrutar de los pequeños símbolos que encontrábamos como el gigantesco árbol Nagi, la representación del cuervo de tres patas o la preciosa puerta de acceso al recinto. Aunque es más moderno que el santuario Nachisan, nos gustó algo más. No tiene nada de especial, pero el poder recorrerlo casi de noche le da un aire místico.
Hicimos una pequeña parada para comer algunos snacks y reponer fuerzas, antes de acercarnos a coger el bus que nos subiría a Hongu, donde pasaríamos la noche. Una pequeña aldea perdida en las montañas, pero cerca del tercer y último santuario del Kumano Kodo.
Llegamos una vez entrada la noche y, después de dejar las mochilas en el alojamiento, cenamos un rico tonkatsu y tempura en el único restaurante que quedaba abierto: 宮ずし.
Kumano Hongu taisha Otorii
El día amaneció soleado pero frío, perfecto para poder hacer una pequeña ruta de senderismo del Kumano Kodo y poder vivir de primera mano la experiencia del camino.
Después de desayunar, nos dirigimos al tori más grande de todo el país, lugar donde originalmente se encontraba el santuario de Hongu Taisha, uno de los más antiguos y venerados del país, adonde incluso el mismo emperador hacía peregrinación.
La ubicación original, a orillas del río Kumano, era peligrosa cuando el caudal crecía. Es por ello que se reubicó en la misma aldea pero en una ubicación algo más alejada y alta y, en su antigua explanada, se construyó un inmenso tori, el más alto y grande del país.
Nos encantó poder verlo en primera persona y caminar por la rocosa orilla del río. Disfrutar del inmenso bosque que rodea toda la zona. Un entorno natural cuidado y virgen, así como de los campos de arroz que rodean toda la aldea. Una verdadera maravilla.
Después de tomar unas cuantas fotos para inmortalizar las vistas, caminamos al santuario de Hongu Taisha, el más importante de los tres del Kumano Kodo y, sin duda, el que más nos gustó.
Nada más llegar nos encontramos con unas empinadas escaleras, rodeadas de altas coníferas, marcando un camino custodiado por banderas con símbolos japoneses. Un pequeño sendero que separa el mundo real o humano del espiritual.
En la explanada de la cima se encuentran 3 templos, dedicados a 4 divinidades distintas: la deidad principal del sintoísmo, al sol, a la via y a la creación. Sus grandes edificios de madera oscura, el monje tocando el tambor, varios locales que recen con total solemnidad ... todo forma parte de un conjunto místico que le da ese toque especial. Sin duda nuestro santuario favorito de todo el camino.
Una vez vistos los tres santuarios, nos pusimos en marcha para hacer un tramo del camino Kumano Kodo, en concreto, el que une las localidades de Hongu y Yunomine Onsen. A pesar de que no es un tramo largo (ida y vuelta no suman más de 8 km), sí que es realmente duro, con continuas subidas y bajadas y algún tramo de roca complicado, especialmente si está húmedo.
Kumano Hongu taisha
Kumano Hongu taisha
Aún así, la ruta nos encanta. Llena de vegetación completamente salvaje y con pequeños santuarios por el camino, como el de la piedra que hablaba de la historia de la nariz rota, es una verdadera prueba de la devoción que hubo durante muchos siglos en aquella zona.
De vez en cuando paramos para coger fuerzas, escuchar el sonido de las ramas al moverse con el viento o tomar fotos. Hasta que finalmente llegamos a Yunomine Onsen.
Esta pequeña aldea, considerada como una de las más bonitas de Japón, fue un sorpresa que nos dejó con sentimientos encontrados.
Famosa por sus aguas termales, el pueblo es recorrido por un río con aguas tan cálidas que se puede ver el vapor de agua escapando. Un intenso olor a azufre es la prueba de que esas aguas vienen de lo más profundo de la tierra. Y aunque no nos pareció especialmente bonito el pueblo, es verdad que tiene mucho encanto ver a la gente cómo hierve los huevos o la verdura en varios pozos de agua caliente que hay repartidos por toda la aldea.
Nos pareció tan pintoresco que nos paramos a ver cómo lo hacían, y una señora japones, viendo nuestro interés, nos regaló un huevo para que lo probásemos.
Detalles del Kumano Kodo
Locales hirviendo huevos y verdura en las aguas termales
La vuelta se nos hizo amena, aunque algo calurosa. Recogimos las mochilas y cogimos el bus que nos devolvía a Shingu.
Una vez allí, aprovechamos los últimos rayos de sol para disfrutar de uno de los lugares más importantes y desconocidos de todo Japón: el Kamikura-Jinja. Según la tradición, es una roca en lo alto de una montaña, donde las divinidades de Kumano bajaron por primera vez desde el cielo a la tierra.
El camino que hay que subir para llegar hasta la roca es bastante empinado, con una escalera de rocas bastante irregular y no recomendable para cualquiera. Eso sí, merece totalmente la pena alcanzar la cúspide y poder conocer un lugar tan importante en la espiritualidad sintoísta. Además, las vistas de Shingu y de todo el pacífico desde lo alto merecen completamente la pena. Una panorámica espectacular para despedirnos de la península de Kii.
Para volver a Tokyo habíamos comprado un bus nocturno, para intentar aprovechar lo máximo posible un trayecto que era realmente largo y mal comunicado.
Hasta la llegada del bus quedaba bastante rato, así que comenzamos a pasear entre las casitas de Shingu, realmente encantadoras, como si estuviésemos dentro de un anime. Calles tradicionales, un ambiente rodeado de naturaleza salvaje, montañas y el océano. Un lugar realmente encantador.
Panorámica de Shingu desde Kamikura-Jinja
Callejeando por Shingu
Para coger fuerzas antes del largo viaje, nos dirigimos a un restaurante tradicional, en el interior de la casa de una familia, donde cenamos omurice, yakisoba y curry japonés. Realmente delicioso y muy necesario antes de coger el bus que nos llevaría a Tokyo.
Monte Fuji desde la calle Honcho
Las diez horas en el bus nocturno se nos pasaron bastante rápido.
Era bastante cómodo y la mayor parte del tiempo estuvimos descansando.
Antes de que nos diésemos cuenta estábamos en Shinjuku, desde donde cogeríamos dos trenes para llegar a Fujiyoshida, nuestro siguiente destino.
Seguramente el lugar más icónico de todo Japón es el monte Fuji, este volcán con una base bastante ancha y coronado, con suerte, de algo de nieve.
No nos podíamos ir de Japón sin intentar verlo.
Habíamos leído y escuchado que era bastante complicado verlo. Aproximadamente sólo 1 de cada 4 días está despejado y se puede ver parte del monte. Nosotros queríamos pasar dos días en Fujiyoshida con la esperanza de encontrar algún momento donde poder verlo.
Y parece ser que el kami de las nubes nos escuchó y decidió tomarse el día libre, porque el cielo despertó completamente despejado.
No olvidaremos nunca el trayecto en tren desde Otsuki hasta Fujiyoshida, en el que fuimos rodeando todo el tiempo al monte Fuji. Las vistas que teníamos eran tan increíbles, que el maquinista paró el tren a mitad de camino para que pudiésemos disfrutar y hacer fotos con una de las mejores panorámicas de todo el viaje.
Nada más llegar a la estación, dejamos rápidamente las cosas en el alojamiento y nos dirigimos a la calle principal de la ciudad: Hocho Dori. Una calle perfectamente recta que acaba en el Fuji y que permite tomar algunas de las mejores fotos con este coloso de fondo. Estuvimos varias horas de la mañana disfrutando de la increíble vista y sintiéndonos afortunados por haberlo visto.
Paseamos hasta el lugar más famoso de la zona: Churreito Pagoda. Una larga escalinata que culmina en una pagoda roja y un mriador desde el cual, si el día está despejada, tomar una increíble foto del Fuji.
Momiji en Churreito pagoda
Vistas del monte Fuji desde Churreito pagoda
Las primeras nubes estaban apareciendo y no se distinguía claramente el volcán. Subimos hasta la cima y disfrutamos de las vistas, aunque ya no eran tan espectaculares como bien pronto.
Pero lo que realmente nos sorprendió fue el espectáculo de momiji, las hojas rojas del otoño, que había por todos los árboles del monte en el que se encuentra la pagoda. Durante todo el viaje habíamos perseguido esos colores y no habíamos tenido ocasión de verlos tan nítidos y con tanta intensidad como aquí.
Cuando el tiempo empezaba a empeorar y las vistas del Fuji no eran tan buenas, volvimos al hotel para coger las bicis y recorrer Fujiyoshida hasta llegar al lago Kawaguchiko, con la idea de rodearlo y conocer algunos de los spots más famosos.
Nos sorprendió la inmensa cantidad de gente que había con viajes organizados y que, a pesar de haber muchos lugares de alquiler de bicis, la zona no estaba nada de bien preparada para recorrerla con la bicicleta. Los poseas están atestados de gente y gran parte tuvimos que hacerla bajados y caminando, mientras que la carretera es bastante peligrosa por ser bastante estrecha y con muchos autobuses.
Aún así, merece la pena ir con cuidado y llegar hasta el parque de Oishi, desde donde tuvimos la suerte de disfrutar, entre flores y plantas, de una vista diferente del monte Fuji, con el lago Kawaguchiko a sus pies.
Parque de Oishi
Paseo en bici alrededor del lago Kawaguchiko
Aunque el tiempo estaba nublado, en ocasiones el día se despejó un poco y pudimos hacer fotos chulas desde un spot increíble.
La vuelta fue mucho más tranquila, haciendo parada en un mercadillo que habían colocado en los alrededores del camino de arces, completamente rojos, que lo recorrimos disfrutando de la envolvente naturaleza. También recorrimos todo el paseo que se encuentra a orillas del lago y que estaba precioso con las hojas con colores otoñales.
Con las últimas luces del día nos dirigimos de vuelta al hotel para hacer el check in y dejar las cosas.
Para terminar el día, cenamos tonkatsu y anguila antes de volver a la habitación, desde donde disfrutar, con las últimas sombras, de la silueta del Fuji.
El ramen de Kikanbo, uno de los mejores del viaje
Nuestra idea original era pasar dos días enteros en Fujiyoshida, con la esperanza de que en algún momento se abriesen las nubes y pudiésemos disfrutar del Fuji.
Como habíamos tenido esa suerte el día anterior y el día amaneció bastante nublado y sin pronóstico de que fuese a mejorar, quisimos tomarnos el día mucho más relajado y volver a la capital nipona.
Descansamos bien y dedicamos la mañana a volver a Tokyo.
Como la opción shinkasen es cara y escasa, decidimos hacer varios trasbordos y volver hasta Shinjuku, haciendo parada en Otsuki. Un camino más largo y barato que nos tomamos con calma.
Nada más llegar fuimos al hotel a dejar nuestras mochilas y cogimos el metro para volver al centro y aprovechar para comprar algunos regalos.
Aunque lo más importante de todo era coger fuerzas, así que hicimos más de una hora de cola para probar el ramen del famoso kikanbo. Conocido por su ramen con distintos niveles de picante, fue, después del de Matsumoto, el mejor del viaje.
Caldo espeso y carne muy sabrosa, el sitio estaba repleto de japoneses, lo que ya es una muy buena señal. El mejor ramen de todo Tokyo.
Con las pilas cargadas, nos pusimos en camino a la zona de Ginza, donde teníamos pendientes varias papelerías que ver, buscando papel waschi, postales, agendas y algunos regales que no sólo fuesen útiles, sino también icónicos de la cultura nipona.
Después de algunas compras, paseamos por la calle principal de Ginza, que en su momento nos había encantado y que no defraudó. Las fachadas de los edificios son otro nivel, con decorados espectaculares y coloridos, vivo reflejo del glamour de las marcas que allí puedes encontrar.
Paseando por el lujoso barrio de Ginza
Paseando por el lujoso barrio de Ginza
Y si quieres llevarte algún regalo o souvenir de Japón, auque los mejores son sin duda los regalos de artesanía en tiendas locales, no puede dejar de visitar el Don Quijote, una tienda donde encontrarás desde un rolex hasta un postal y donde la variedad de productos te dará ideas para todo tipo de regalos.
Os recomendamos que vengáis mentalizados. Los pasillos interminables y estrechos, mucha gente en todos lados y la misma canción que se repite todo el tiempo, acabará haciendo que te duela la cabeza.
Podrás encontrar todo tipo de figuras y cosmética de las mejores marcas. Estuvimos cerca de tres horas hasta que no pudimos más y decidimos volver al hotel para descansar.
Toneles de sake del templo Meiji
En nuestro último día por la capital nipona queríamos ver algunos lugares que habíamos dejado sin visitar y que nos parecían imprescindibles.
Después de madrugar bastante y desayunar por última vez en el seven eleven, nos dirigimos al templo Meiji, uno de los más importante de todo Japón.
Es conocido, principalmente, por sus toneles de saque y vino que hay a la entrada, ofrenda de grandes empresarios y familias, así como de un cuidado y bello interior, con un edificio principal formidable y rodeado de pequeños detalles interesante. Nos gustó especialmente el pequeño santuario de la pareja y las elaboradas puertas que dan acceso al recinto.
Paseamos por los senderos que discurren por el bosque que rodea el templo hasta llegar al parque Yoyogi.
Aunque apenas los disfrutamos porque está prácticamente entero en obras y el estanque principal y gran parte de los senderos no se pueden visitar.
Así que decidimos seguir caminando hasta llegar al cruce de Shibuya, esta vez, de día.
Nos gustó mucho verlo de noche, bastante concurrido y con las luces de neón saturando nuestros sentidos. Este día, quizás porque llegamos bien pronto o porque las fachadas luminosas no destacaban en la oscuridad, no nos pareció tan impresionante.
Subimos al Starbucks para disfrutar desde su mirador de las vistas de la calle y de la gente que corre para hacerse fotos. Un verdadero espectáculo.
Y como parece que nos habíamos quedado con ganas, nos dirigimos al don Quijote cercano para buscar algunos souvenirs que no habíamos visto en el de Ginza. Después de cerca de una hora, salimos, con algunas nuevas compras y los sentidos totalmente obstruidos.
Templo Meiji
Paseando por el parque Yoyogi
Otro de los puntos más conocidos de Tokyo y que no podíamos perdernos era el mercado de pescado de Tsujiki. Nos decepcionó bastante. Es verdad que íbamos con las expectativas altas, deseando probar pescado o marisco fresco y de alta calidad, pero nos encontramos con un mercado abarrotado y caro, lleno de turistas y bastante agobiante.
Aunque los productos sí que tenían bastante buena pinta, sólo dimos un paseo y decidimos comer en otro lugar.
Antes de coger el vuelo queríamos comprar algunos souvenirs que habíamos visto a lo largo del viaje pero, para no llevar más peso o ante la duda de encontrarlos en otros lugares, hasta el momento no los habíamos adquirido. Volvimos otra vez a Ginza para comprar más papel y artesanía basada en celulosa. Asimismo aprovechamos los bajos precios del uniqlo para comprar ropa abrigada.
Desde allí cogimos el metro para dirigirnos a la calle Ginza Yanaka, al norte, para comprar un juego de té en una de las tiendas de cerámica japonesa más bonitas que vimos en nuestro viaje.
Con las bolsas llenas pero la barriga vacía, hicimos una última parada para probar los fideos udon en un restaurante de lo más local, regentado por una pareja mayor y con comida realmente casera: 手打うどん 伊予路. Una comida realmente reconfortante antes de recoger las maletas y dirigirnos al aeropuerto, para despedirnos definitivamente de Japón.